El viernes por la noche, en una de las grandes avenidas del centro de Valencia, la Gran Vía Marqués del Turia, un padre y su hijo bajaron a pasear el perro. Eran las nueve de la noche y el señor tiraba de la correa del Golden Retriever mientras el niño iba tan feliz con su camiseta de Valencia con el nombre de Cavani estampado en la espalda. De repente, sin verlo venir, un hombre le hizo una carantoña en la cabeza. El chiquillo se giró y ya solo vio a alguien alejarse. Su padre sonrió y le dijo que era el Pipo Baraja. El niño, perplejo, volvió a girarse. Cada uno siguió su camino. Baraja se iría a cenar y a darle vueltas sobre cómo meterle el colmillo al Sevilla, que la víspera había sacado un valioso empate en Old Trafford, y el padre y su hijo se fueron por otro lado. Uno, con la inocencia de la infancia, sin saber lo que es un descenso; el otro, con el recuerdo indeleble de aquel 1986, el año que el Valencia se cayó de la gran Liga.

