El Friuli, llanura sosa y el Tagliamento, un río de piedras, ancho como 30 campos de fútbol, en el que la caballería cosaca ayuda a las SS a combatir con el terror a los partisanos, y, en un monte, el Castelmonte, entre bosques, un santuario con una virgen negra al que ascienden, antes que los ciclistas, siete kilómetros, vecinos de Cividale rezando el rosario por la carretera empinada, jalonada cada 500 metros con una capillita y una escena de la Pasión, y a los ciclistas de un día que pasan boqueando, buscando las franjas de sombra bajo el sol achicharrante, y su respiración acelerada a grandes bocanadas es más ruidosa que el girar sibilante de las ruedas, un espectador gordo, tumbado, les grita, venga, que falta poco, y faltan, al menos cinco kilómetros, y a quien le reprocha que por qué miente, le responde, triste, que el mundo está hecho de esperanzas falsas, y no parece del Friuli, donde lo extraordinario nace de la monotonía, del paisaje falso, pianos fabulosos de Fazioli hechos en un polígono industrial anónimo entre carpinterías y fábricas de muebles, poemas ricos en friulano de Pasolini en su mejor juventud, y Ottavio Bottecchia, nacido del hambre que en vez de emigrar como sus paisanos que se llevaron a Buenos Aires una copia de la virgen negra se hizo albañil y luego ciclista, y fue el primer italiano que ganó el Tour, y dos veces, en los años 20, y los ciclistas de verdad, los que hacen del ciclismo su vida, llevan clavada en el cerebelo la primera ley de Newton, ley fundamental del ciclismo redactada por Peter Winnen, mejor escritor que ciclista, y ganó dos veces en el Alpe d’Huez: paciencia, paciencia, paciencia, locura, que ellos, el trío Carapaz, Hindley, Landa, entre amagos infantiles con cara de importantes, interpreta a su manera, paciencia, paciencia, paciencia, domani.

