Hay un niño en mi aldea que se pasea cinco días a la semana con la camiseta de Ousmane Dembélé, demostración de esa constancia que tantas veces hemos echado de menos en el delantero francés. Su contrato finaliza en unas pocas semanas tras cinco temporadas desconcertantes, capaz de lo mejor y de lo peor en un mismo partido, siempre a medio camino entre la puerta grande y la enfermería. En esta última, por cierto, se ha pasado una buena parte de su estancia en Barcelona, golpeado por un sinfín de lesiones que algunos achacan a supuestos malos hábitos y otros al mal fario que impregna el día a día del club desde que Cruyff entregó su medalla de presidente honorífico: nadie sale indemne del insulto caprichoso al padre de todos los dioses.

