Si uno enciende el televisor y ve jugar estos días a Grigor Dimitrov, pensaría que los últimos seis años del búlgaro han sido tan solo un mal sueño, que todavía hay tiempo, que esa cantinela de Baby Federer no era justa –nada ni nadie se acerca al genio– pero escondía algo de verdad, porque si hay un tenista terrenal –de carne y hueso, no como el suizo– que sea un superclase ese es él, deseo prohibido, el artista descarriado que tantos y tantos sueños del aficionado frustró. Escribir de Dimitrov es escribir de desventura, de tormento, de mucho sufrimiento a escondidas y de aquellas comparaciones odiosas que no hacen ningún favor. A él se le observaba como el heredero, pero quedó en poco más que un suspiro, primero, y en un efímero amago, después. Sin embargo, ahí sigue, en pie, revolviéndose en busca de una última oportunidad y regalando caramelos en la pista de París-Bercy.

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