Un día de julio del año pasado el avión de Florentino Pérez aterrizó en un aeródromo del norte de Italia, y de él descendió Dani Carvajal, empeñado en una búsqueda obsesiva de la paz muscular. La temporada anterior había resultado la más desgraciada de su carrera: nunca había podido jugar tan pocos minutos (950 en la Liga y 166 en la Champions). A pocos kilómetros, en Sacile, tenía cita para hablar de nutrición. Se trataba de otro intento de encontrar remedio a su colección de roturas musculares, que le ha proporcionado disgustos mayúsculos, como tener que retirarse de dos finales de Champions, la última empapado en lágrimas: la de 2016 contra el Atlético en Milán, y la de 2018, en Kiev contra el Liverpool. El mismo rival de este sábado en París.

