A Renaud Lavillenie, lesionado, los médicos le han prohibido correr a toda velocidad pero no puede evitarlo, su sistema nervioso no le permite no arrancarse esprintando hasta la colchoneta de la pértiga y lanzarse hasta Mondo Duplantis, al que derriba y con él, emocionado, abrazado, se revuelca feliz. Se ha consumado finalmente, con una intimidad que las cámaras de televisión engrandecen, convierten en universal, el paso de testigo entre el hermano mayor y el menor, dos portentos del salto con pértiga, dos atletas que con fuerza y velocidad son capaces de doblar palos de casi seis metros rígidos y tiesos, y tan duros, como troncos de árboles viejos y convertirlos en un muelle que les hace volar en las alturas, y uno ha empujado al otro.

