El PSG acreditó en Montjuïc su condición de campeón de Europa ante uno de los aspirantes más cualificados como el Barça. Jugaron los franceses un muy buen partido, fueron un equipo siempre reconocible, incluso sin varios de sus titulares, y se afirmaron en su idea de juego después de negar al Barcelona. Los azulgrana se batieron con entereza, agarrados al marcador más que al partido hasta el penúltimo minuto, cuando Gonçalo Ramos puso el 1-2. Pedri ya había reventado para entonces y Vitinha mandaba con una autoridad incontestable en el silenciado Montjuïc. No fue una cuestión de campo ni de alineaciones, tampoco de ganas, sino de futbolistas y de plan de juego, de superioridad del PSG.

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