Como por arte de birlibirloque, unos colorines por aquí, unas bicis por allá, un rascacielos emblemático en la plaza Skanderbeg, obras públicas frenéticas, desmesuradas, con siempre un matiz de horterismo ítalo, unas gotas de realismo mágico, conductores a la napolitana y atascos igualmente homéricos, y un presidente de Gobierno entusiasta de las maneras italianas, la Tirana gris y tenebrosa, hábitos medievales y arquitectura fascista, iglesias y mezquitas requisadas y convertidas en polideportivos, que imaginaba el mundo en los años de clausura leyendo a Ismail Kadaré, refulge y brilla, carteles rosas sobre el águila bicéfala negra de la bandera roja, que es verde en los semáforos.

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