Comparado con otros deportes, el pádel es apenas un recién nacido. Disciplinas como el fútbol, el rugby o el propio tenis —ese espejo tramposo en el que siempre se mira el 20×10— le sacan muchísimos años de historia. Sin embargo, su inmediato crecimiento mundial, tanto en practicantes como en repercusión, está obligando a que la estructura profesional evolucione a marchas forzadas. El pádel es como ese niño que pierde a su padre antes de tiempo: está obligado a madurar.

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