Cuando en el verano de 2016 Mike Brown aterrizó en los Golden State Warriors, en calidad de técnico asistente de Steve Kerr, apenas podía creer lo que veía en los entrenamientos. Música durante las sesiones, la prensa caminando a placer, enorme flexibilidad de horarios e incluso alguna cerveza que otra en los vestuarios, al término del trabajo. No era el único sorprendido. Brown solía preguntar a Kevin Durant, que llegó a la Bahía aquel mismo verano, si había visto eso alguna vez. Tampoco era el caso. El nuevo asistente se adentraba en una organización que, aún teniendo puntos comunes con muchas otras, se diferenciaba de forma sideral en las formas. En el fondo unas seguramente demasiado vanguardistas para un Brown que se había criado bajo los códigos de la vieja escuela.

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