El cementerio de Poggioreale, el más grande de Nápoles, amaneció tras la histórica victoria contra el Brescia con una pancarta azul con letras blancas en el muro de la entrada: “No sabéis lo que os habéis perdido”. Sucedió la mañana del 11 de mayo de 1987. Y lo que los venerables inquilinos del camposanto no habían podido disfrutar era el primer scudetto que levantaba en su historia el Nápoles, un club sin apenas palmarés y una afición que valía por casi todos los títulos posibles. Pero, sobre todo, no pudieron asistir a la proeza de un genio argentino que había devuelto el orgullo a todo un sur de Italia triturado ante la desigualdad y una cierta arrogancia del norte, representada nítidamente por la Juventus de Michel Platini. Tres temporadas después volvieron a levantar el título. Pero han pasado 33 años. Y las rentas del recuerdo empezaban a agotarse.

