Como si el futuro y el pasado se hubieran resuelto en un universal juego de pelota. De las cruzadas de los frany, de los occidentales y sus ardorosas guerras santas, de la milenaria hostilidad entre el Islam y Occidente hemos pasado a la pacífica victoria del mundo árabe, bereber o de cualquier tribu que mira a La Meca. No hay lanzas en este campo de batalla, hay una desbordada unión en una felicidad de un pueblo unido tras unos cuantos héroes, los Leones del Atlas, que han conseguido que esta parte del mundo, en la que se mezclan las adidas y las babuchas, las camisetas de Nike y los velos, los tajines y las hamburguesas, sean capaces de estar instalados en una ilusión retransmitida en directo por televisiones que sirven para la colonización del Occidente y también para asistir en vivo a su derrota. Los timbales y añafiles se han cambiado por el pito de los coches, por las bocinas que anuncian en las calles la victoria del Oriente sobre los hijos del deporte que surgió en Occidente. El Mundial de Qatar, tan polémico y occidentalizado, está resultando en Marruecos y en todos los países islámicos una cruzada al revés.

