Sabemos que el Mundial ha terminado por los infinitos vídeos de hinchas argentinos cayendo a plomo desde diferentes alturas y escenarios que nos llegan a través de las redes sociales: cuando uno escucha eso de “te seguiré hasta la muerte” no se espera semejante derroche de literalidad, pero tampoco vamos a descubrir ahora la pasión que el pueblo de Evita y Gardel es capaz de inyectarle a las cosas del comer. Durante los próximos días —incluso años, todo dependerá de la inflación sentimental subyacente— nuestros hermanos del otro lado del Atlántico irán desempaquetando sus pliegos de deberes y obligaciones sin prisas, poco a poco, hasta regresar a un cierto estado de normalidad, mientras el resto del mundo se conformará con prolongar artificialmente el recuerdo de un último mes en el que casi cualquier falta encontraba coartada en un partido de fútbol.

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