Sobre el silbido continuo de los radios de la rueda delantera abriendo el viento y peleando con el va y viene de las olas que golpean rítmicas los postes de madera que sostienen sobre el Adriático las casetas de pescadores fenicios, llamadas trabocchi, en los oídos de Remco Evenepoel, un proyectil que pedalea en una carretera verde, lisa, de seda, debería cantar lánguida, casi melancólica, nunca guerrera, Cecilia Bartoli, “lascia la spina, cogli la rosa”… deja los desengaños para los demás, el tiempo es tuyo, agárralo fuerte, el tiempo es rosa… La rosa es Evenepoel que fija el tiempo y todos giran alrededor; las espinas que se clavan en los dedos que sangran y chillan son ellos, los que quieren combatir contra lo ineluctable, contra la desesperación. Los que fracasan. Los que debajo de su traje de astronauta, escafandras superaerodinámicas más que cascos y viseras como espejos, comprueban en el ordenador del manillar la velocidad, los vatios que desarrollan, el viento y la presión atmosférica, y dicen, OK, esto es lo que sabía que podía hacer. Es lo que he hecho. Solo Remco, su maillot de bandera belga, negro, amarillo, rojo, el maestro del tiempo y del desengaño, puede con los límites, los rompe, como los han roto siempre los campeones.

