Ser campeón del mundo en cualquier disciplina puede parecer milagroso, serlo de skate habiendo nacido en España, lo es. Es más o menos como ganar un gran premio en F1 entrenando con el coche familiar en un polígono y el domingo subiéndose directamente al Ferrari, o ganar un Mundial de fútbol entrenando con un balón de futsal en la cancha del colegio. Por ese motivo la victoria de Egoitz en la Copa del Mundo de Ostia celebrada en Roma tiene tanto valor (y con 14 años).

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