Esto empezó muy mal. Se organizaba en pleno mes de noviembre, en una teocracia en medio del desierto, bajo una temperatura infernal. El nivel de los equipos no era el mejor de la historia, no había cerveza… y los hinchas eran cataríes disfrazados. La bola de nieve de un Mundial de cartón piedra fue creciendo y la opinión en contra de este evento —corrupto, falso, vergonzoso…— era ya demasiado fuerte como para pensar que pudiese convertirse en otra cosa. Pero la mayoría de los inconvenientes han terminado siendo sus principales virtudes. No está claro que este Mundial sea el mejor de la historia, como proclamó el viernes el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Ni siquiera que sea mejor que el gran torneo de 1970. Pero lo tiene todo para convertirse en un gran relato sobre lo mejor y lo peor del fútbol.

