En el minuto 30 el Santiago Bernabéu silbaba al árbitro, se escuchaban los cánticos de la afición del Barcelona, Vinicius estaba desquiciado protestando y se llevó una tarjeta amarilla, Lewandowski acababa de fallar un gol a puerta vacía, cada ofensiva del Barça lo plantaba dentro del área madridista y Ancelotti se desgañitaba en la banda por el agujero blanco en la banda izquierda. El aficionado madridista que encendiese la televisión en ese momento se llevaría las manos a la cabeza. Pero el Madrid tenía un aliado secreto: el marcador. El marcador es la épica del Madrid; si las cosas van mal, si el juego no convence, si los jugadores se echan a dormir, siempre queda el marcador. El marcador es París, y el Madrid es Bogart subiéndose al avión a toda prisa dejando en la pista al novio de Ingrid Bergman discutiendo con el guionista. Nos pasa a nosotros también, también hay días en que las cosas nunca funcionan, en que no hay nada que vaya bien, y tienes el corazón roto, y hambre y sed, y en el bolsillo encuentras el dinero justo para comprar fruta, y acabas cenando con la persona que te la vendió, y llegas a casa con los tres puntos. La vida no es un misterio: lo que es un misterio es el marcador.

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