“A veces me pregunto cómo debe ser eso de ser del Madrid. La épica, el escudo, las Champions con la chorra. Luego me pongo en posición fetal y lloro”, me escribe en la segunda parte un amigo culé. Le contesto rápido, pues el artículo espera: “Ser del Madrid es firmar 4-0 en el minuto 15 porque alguna vez esto se tiene que acabar, y vernos de repente con el 2-3: no se acaba nunca”. Le doy a enviar justo cuando Benzema marca el cuarto. “Me voy a dormir”, responde. Es justo: no son horas. Nunca sabremos cuánto le deben al Madrid millones de personas que, en todo el mundo, se van a la cama entre semana antes de tiempo. Las horas que descansan, lo despejados que están al día siguiente, el rendimiento impresionante en el trabajo con el móvil en modo avión para que no entren whatsapps indeseables. Me escribe otro amigo, Lolo Viejo: “No quiero volver a la Negreira League”. No hay más mensajes. Tampoco tengo más amigos. Quién los necesita si Modric, Benzema y Vinicius juegan en tu equipo.

