La realidad es la escoria de la ilusión. Y el Liverpool se llevó en Madrid un azote de objetividad. El Real cumplió punto por punto con el guion que exigía el encuentro con un 2-5 como punto de partida. Jugó con firmeza y aplomo. Aplicado de principio a fin, incluso con mayor energía que su pálido rival, que nunca se rebeló tras el destrozo de la ida. Hoy no le alcanza. Por momentos, como si el que tuviera que remontar fuese el Madrid. Quizá fuera por la costumbre. Lo cierto es que el Real, nunca turbado, se impuso por fútbol, por vibraciones, por sabiduría. El sello lo puso Benzema con un gol en el último tramo. Antes, el conjunto local ya había contabilizado una batería de ocasiones. El Liverpool ni le despeinó.

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