Faltan pocos segundos para que concluya la final del Mundial y el estadio de Lusail contiene la respiración. Con 3-3 y el tiempo extra cumplido, Dibu Martínez, portero de Argentina, frena in extremis el disparo de Kolo Muani y el partido se marcha a los penaltis. Allí, la albiceleste se sobrepone al drama, derrota a Francia y borda en el pecho su tercera estrella dorada. Engalanado ante los flashes con un inmenso bisht negro, prenda tradicional árabe, Leo Messi alza al cielo la Copa del Mundo junto al emir de Qatar y al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. “Fue, sin duda, mi momento más duro en la cárcel”, recuerda cuatro años después Abdullah Ibhais (Amán, Jordania; 40 años), quien fuera director de comunicación del comité organizador del torneo, en una entrevista con EL PAÍS. “Cuando Messi levantó esa copa, entendí que Qatar había ganado. Querían una edición redonda y la tenían, lo habían conseguido. Mi historia, en cambio, estaba enterrada. Y lo que es peor, a nadie le importaba”.

