No ha transcurrido ni un juego cuando Andrei Rublev, tenista de notables formas pero de mente demasiado quebradiza, ya ha mirado un par de veces a su banquillo porque el diablillo que tiene dentro le presiona con el tridente y el que tiene enfrente todavía más. No han pasado ni 35 minutos de partido cuando el ruso, con tendencia a la dispersión, un explosivo cóctel de emociones al que trata de apaciguar y elevar desde 2016 el español Fernando Vicente, ya suda a chorros y sufre sin parar porque Novak Djokovic lo mueve de un lado a otro como si fuera un sonajero y va 1-5 por debajo. No marca el reloj ni 40 minutos cuando el moscovita ya ha perdido el primer parcial, resopla, se encoge de brazos y siente que le ha pasado por encima una locomotora a la que nadie consigue ponerle freno estos días en Melbourne.

