Como decía el marqués, el masoquismo solo se equilibra con un poco de sadismo, y los aficionados piensan que las nubes negras que se agrupan encima de los oteros y cerros verdes de primavera en la Toscana, los erectos cipreses que vigilan los caminos, deberían comenzar a descargar, hacer del polvo barro y de los corredores pobres monigotes condenados a ser héroes lanzados en medio de dulces lamentares solos con sus fuerzas contra el apocalipsis, pero sobre la oscuridad negra, como un espíritu surgido del polvo que levantan los coches, iluminado por sus pálidos faros, triunfa el sol, un ciclista mexicano vestido de blanco, la belleza en sus maneras, la audacia en sus gestos, la decisión, el carácter de un líder. Es Isaac del Toro, de Ensenada, Baja California. 21 años. Casi un niño. Ha nacido un campeón. Primer mexicano que viste la maglia rosa del Giro de Italia después de terminar segundo en la etapa más temida, la de las strade bianche que rodean Siena (29,5 kilómetros en cinco tramos) y la cuesta final de Santa Catalina de Siena hasta la plaza del Campo. El único escenario a la altura de su gesta. Gana la etapa Wout van Aert, el único compañero de fuga digno de marchar a su lado. Sin masoquismos, por favor, el ciclismo es más hermoso. Y sin sádicos.

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