Durante meses, Rodrygo Goes convivió con una sensación incómoda, casi silenciosa. La de pasar desapercibido en el Santiago Bernabéu y convivir con el murmullo constante. La de sentir que, haga lo que haga, el foco apuntaba a otros. La de ver cómo el verde, ese juez caprichoso del que habla Xabi Alonso, parecía quitárselo todo. Pero el fútbol, como la vida, siempre se guarda una curva inesperada.

