Galileo dejaba caer bolas de diferentes pesos desde la torre de Pisa para probar que todas aceleraban a la misma velocidad, indiferentes a su peso, y, quizás contagiado de la curiosidad física del sabio toscano, Primoz Roglic experimenta la adherencia de los neumáticos tumbando la bicicleta sobre la pintura del paso cebra con asfalto mojado en la esquina del Lungoarno Galileo, precisamente, para girar hacia el puente del Mezzo, tan cerca de la torre, e, inevitablemente, patina. El esloveno cae dolorosamente sobre su anca derecha, la sana, pues la izquierda está tocada desde los caminos toscanos siempre de Siena, pero, afortunadamente, el accidente no se produjo durante la contrarreloj, sino en el ensayo matinal, y quizás la caída experimental, viva el riesgo, le sirviera para, después, ya en la competición pura y dura, sobrevivir a una prueba que la lluvia, los chubascos intermitentes que en Italia, creativos, llaman de piel de leopardo, convirtió en una tortura para los mejores del Giro.

