En Italia, el Giro es una religión sagrada, casi mística. Su espíritu es difícil de igualar, propio de un sentimiento profundo que se instauró hace más de un siglo, a comienzos del convulso y apasionante siglo XX, y que, desde entonces, ha acompañado a generaciones enteras que cada mes de mayo se visten de rosa con fervor casi ceremonial. Nápoles no es una ciudad cualquiera para la ‘Corsa Rosa’, sino un emblema que representa a la perfección los valores de la ronda italiana: pasión, emoción y belleza.

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