Mi hermana me envía una foto por Whatsapp, algo que se repite con frecuencia. Los Whatsapps con las maternidades y paternidades pasan de contener texto a almacenar únicamente imágenes. Es una fotografía de su hijo, mi sobrino, de cuatro años. El escenario es tan familiar como nuestro apellido: se ve el aparcamiento que hay frente al Estadio Municipal de Balaídos. Hubo un tiempo en el que el viejo estadio soportaba columnas de hormigón tapizadas con los nombres de los abonados del club. Una tarde, junto a mi padre, nos dedicamos a buscar nuestros nombres a ver si aparecían en alguna parte. Era la forma de validar nuestra pertenencia al Celta, más allá de una postal de Navidad que nos llegaba cada mes de diciembre y que desplegábamos ceremoniosamente sobre la mesa del salón. Ahora Balaídos se ha reformado. Las viejas columnas han perdido su gris mortecino. Pero el escenario es el mismo. Mi sobrino aparece de espaldas, con las manos entrelazadas. Parece que estuviese viendo alguna obra en construcción después de desayunar un cortado leyendo el periódico. Viste la equipación del Celta azul y dorada. Las equipaciones de fútbol siempre lucen mejor en los niños, parecen más especiales, más auténticas; es una cosa que supongo que las marcas tendrán en consideración. Mi sobrino espera la llegada de los jugadores antes del partido, como aquel crío entusiasmado a quién su padre llevó a ver el hielo por primera vez.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *