Diego Botín y Florian Trittel se asoman al borde de la rada de Lorient, en Bretaña, la cuna de la vela oceánica francesa y del bloque de hormigón de la antigua base alemana de submarinos, pasean la vista por los pinares de enfrente y la placidez de las aguas de un puerto laberíntico, profundo y gigantesco, y se vuelven. “Tendremos que acostumbrarnos a esto”, dicen. “Vamos a pasar mucho tiempo aquí”.

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