“¡Eres un cerdo! ¿Me oyes? ¡Un cerdo! Me he quedado a tu lado y tú te has ido. Me dejas solo…”. Nadie escucha los alaridos de René Desmaison, que le grita a un cadáver toda su rabia y angustia. Su voz rebota contra la roca y el hielo y se pierde entre el viento y la niebla. El cuerpo embutido en un buzo azul que reposa a su lado colgado de un pitón en la roca es el de Serge Gousseault, 24 años, un atleta rubio que no ha podido soportar más lo insoportable.

