El nuevo casco le aplana el pelo y a sus mechones rebeldes les cuesta más brotar entre las rendijas, y es como si de la cabeza de Tadej Pogacar hubiera desaparecido la aleta de tiburón tan reconocible y que tanto le gusta lucir, y tanto les gusta a los aficionados, pero la falta de este detalle, de este símbolo, no significa nada, una queja de un fotógrafo, porque cuando ataca entre el polvo y los olivos, el viento frío, el sol de invierno, el azul, caminito de piedrecitas llamado Antonio Machado, junto a Baeza, por votación popular, Tadej Pogacar, ya 24 años, es el de siempre, el que a los 20 se revela en el paisaje granítico de Gredos, la Vuelta en la que hace sufrir al establecido Roglic; el mismo que a los 21, en los Pirineos, rompe el récord del Aubisque; el que a los 22 gana el Tour un día de lluvia y frío y un ataque lejano hacia el Gran Bornand, en los Alpes; el que en el 23, en un camino parecido, a 51 kilómetros de la cuesta de Santa Catalina de Siena, hace suyas las Strade Bianche.

