Me gusta mucho observar a alguien cuando está leyendo. Me encanta escrutar su rostro, estudiar los leves cambios que se producen en su gesto (cejas, párpados, borde de los labios) a medida que sus ojos recorren las líneas de texto y las palabras le resuenan ahí dentro, en lo que somos las personas más allá de cuerpo. Me gusta porque escribo (anhelando resonar, aunque sea un poco), pero me gusta sobre todo porque yo también leo. A veces, cuando lo hago, resulta que soy yo el observado. Estoy con un libro en el salón de casa y con el rabillo del ojo veo a mis hijos mirando, y pienso qué estarán pensando que yo estoy pensando, y si algún día se sumergirán en estas páginas que ahora sostengo, quizá buscando al padre en notas y subrayados. Otras también soy yo quien me observo a mí mismo cuando leo.

