Cualquier padre quiere lo mejor para sus hijos. En mi caso, hice lo imposible para que mi hija Isabel se hiciera aficionada del Real Madrid. Y eso que soy colchonero hasta la médula. Luché con todas mis fuerzas para convencerla de que los madridistas, acostumbrados a ganar, tienen una vida sin tantos sobresaltos, no sufren tanto. Aprovechaba casi cualquier ocasión en que Isabel me preguntaba por el Atlético de Madrid para tratar de reconducir la conversación hacia nuestro eterno rival. Así estuve durante años. Sin embargo, mis esfuerzos fueron en vano y fracasé en mi tarea.

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