Apenas se han encendido las luces de Navidad, aviso programado de que se acerca diciembre, y el Barça ya va por la segunda extremaunción del curso. Es una tradición tan catalana como los calçots o los panellets, exportada al mundo entero por esa correa de transmisión azulgrana capaz de convertir a un señor de Pontevedra o a una joven de Medellín en la reencarnación extramuros del tamborilero del Bruch, el president Sunyol o la hermana Mercè. Basta una derrota en el Bernabéu para que cualquier aficionado, sin importar lo que diga su DNI, active el modo temporada perdida, aunque el calendario todavía aconseje paciencia a la hora de encender la calefacción. Si a esto sumamos un segundo tropiezo, como el de Londres, el estado de alarma es prácticamente total: de cotizar en bolsa la cultura del pánico, el Barça sería hoy el rey del Ibex 35.

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