En una disciplina donde cada detalle se estudia al milímetro para arañar unas décimas, Gil Landim Gomes apareció como una figura procedente de otro ciclismo. Uno más humilde, alejado de los túneles del viento, las bicicletas diseñadas exclusivamente para luchar contra el cronómetro y los llamativos cascos aerodinámicos. El representante de Guinea-Bissau acabó convirtiéndose, sin buscarlo, en uno de los protagonistas virales del Mundial de contrarreloj de Montreal.

