Uno de los detalles que convierte la Transpyr en una experiencia única es su querencia por encontrar o rescatar senderos perdidos para que los que participamos en la modalidad de bici de montaña no sepamos casi nunca dónde estamos. Tanto aislamiento da pie a imágenes únicas, a momentos sublimes. Por ejemplo, tras desembocar en un sendero tras un descenso de espanto, nos topamos de frente con una patrulla del ejército francés, de maniobras se supone. Difícil saber quién se ha asustado más. Sin tiempo para recuperarnos, a los 100 metros nos saluda un joven francés, guitarra en bandolera y recién nacido a la espalda. Cada cual elige en su vida lo que quiere ser, si puede. Nosotros hemos elegido sufrir, por estúpido que parezca. Horas después, cruzamos Lourdes, donde enciendo un cirio para no quedarme sin batería en la bici eléctrica y seguimos, dejando atrás a otro tipo de devotos. Cada cual con sus manías. Más horas después (hoy he pedaleado asistidamente durante 8 horas y media y cuando tecleo esto el 80% del resto de participantes no ha llegado), un pelotón de vacas recorre no al trote, sino al galope, los 100 metros en prado para refugiarse bajo un par de robles solitarios. Eso ocurre a mi izquierda; a mi derecha todo está negro como la noche y pido un sitio bajo el árbol, con las vacas, para ponerme el chubasquero. Nada tontas estas vacas. Y llega la tormenta. Los Pirineos son fantásticos, quizá un poco agresivos en primavera: pese a que los organizadores se han tomado la molestia de desbrozar unos metros de sendero aquí y allá, saben que no nos gustan las facilidades así que nos dedicamos a desbrozarlo nosotros mismos, con los brazos, las piernas y la cara, peleándonos con helechos y ortigas que parecen hayas. La tormenta de la víspera, unida a la de hoy, regala más imágenes: cinco tipos tirados por el suelo al mismo tiempo en plena bajada embarrada y jurando en belga, francés, euskera y castellano. A uno solo le he podido oír al pasar: los helechos se lo habían tragado y solo su lamento le delataba.

