De Wollongong llegan a Europa historias de urracas avariciosas que atacan el brillo engañoso de los cascos de los ciclistas empeñados en la costa pacífica de Australia, las olas de surf al sur de Sidney, en la caza del arcoíris. En Wollongong y sus playas y sus parques se habla de los chubascos y las nubes que ha traído su primavera y de los belgas prodigiosos y enemigos, de Wout van Aert, el ciclista más admirado en el Tour, y de Remco Evenepoel, emperador de la Vuelta y de Lieja, y todos los demás, todos los ciclistas, salvo Jonas Vingegaard, que han llenado el año con sus nombres —Tadej Pogacar, el fenómeno del Tour y de las Strade Bianche; Mathieu van der Poel, imbatible en el Koppenberg y Flandes; Biniam Girmay, el eritreo que peleó con Van der Poel en el Giro, y le pudo, antes de que un tapón de prosecco le dejara KO en una celebración de victoria; Julian Alaphilippe, el arcoíris de los dos últimos años, el rey de las caídas, Strade, Lieja, Vuelta, en el 22, y muchos franceses—persiguen, esperando su bronca y la efusión de su espíritu. Ellos hablan de otro espíritu, el espíritu de equipo, más fuerte que su ombligo, proclaman, y todos observan e ironizan, pero quién dice que se llevan mal, si les he visto tomar café juntos…

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