Desde las plateas de los archimillonarios se repite un mensaje apocalíptico: “El futuro del fútbol está en peligro. En su estado actual resulta insostenible”. Con ese mantra se explicó la creación de la Superliga, fallido proyecto exclusivista de unos pocos que pretendían pasar por generosos caballeros andantes. El Chelsea fue uno de los participantes en el plan y el primero que sufrió la ira de los aficionados. Su propietario era el magnate ruso Roman Abramóvich, obligado a vender el club el pasado año por las sanciones derivadas de la invasión de Ucrania. Lo adquirió por 5.200 millones de euros el consorcio estadounidense formado por el billonario Todd Boehly y el fondo de inversión Clearlake. El precio lo dice todo. Si el fútbol se va a estrellar, ¿cómo se explica una inversión tan gigantesca?

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