Una bomba nuclear ha caído sobre el Barça y el fútbol español. Y la respuesta no ha podido ser más desalentadora y vacua. De un lado, Joan Laporta, de repente conspiranoico, como si el foco debiera ponerse en una supuesta conjura que oportunamente ilumina ahora hechos tan turbadores justo cuando el Barça remonta en el campo. Una respuesta presidencial de traca, un regate irresponsable. Corresponde a Laporta y sus predecesores salpicados explicar sin demora cómo demonios se podía pagar semejante barbaridad (siete millones desde 2001) por recibir informes verbales. Y encima al que fuera vicepresidente del Comité Nacional. No hay un simple asesoramiento que cuele, insinúe lo que insinúe Laporta sobre no se sabe qué conchabanza. De existir tal conciliábulo filtrador, ello no rebajaría la extraordinaria relevancia de esos pagos que se iban disparando año tras año, tan documentados como asumidos por la entidad azulgrana. La perpetuidad de las facturas y su constante subida corroboran la satisfacción del Barça con los servicios.

