La noche de Erling Haaland en el Bernabéu comenzó como tantas otras. Abrazo con Vinicius en el saludo inicial, la última vez lo hizo también con Bellingham y Mbappé, y al ruedo. Otra batalla. Otra vez Rüdiger, pero esta vez acompañado de Huijsen. Y acabó como casi todas, abandonando el césped cabizbajo, con gesto de frustración y sin entender por qué sus poderes desaparecen cada vez que se enfrenta al Madrid, que se ha convertido en su particular kryptonita.

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