Preguntarse a qué saben las grandes derrotas se parece a aquellos anuncios de productos de higiene femenina en los que una chica muy risueña se preguntaba a qué olían las nubes: nadie conoce la respuesta, pero todos tenemos una teoría. La sufrida por el Barça de Flick en las semifinales de Champions League sabe a limoncello, supongo que por esa mezcla ácida y dulce que te calienta el pecho al paso del trago, y porque ver sufrir a un italiano siempre será motivo de disfrute para cualquiera que haya veraneado de adolescente en una playa de la Costa del Sol. Las alegrías, especialmente las ajenas, suelen ser proporcionales al miedo acumulado en los días previos y el Inter de Milán pasó miedo. A Lamine Yamal. Al ánimo inquebrantable de este Barça. A su juventud insolente. A algo.

