Las decepciones se fueron acumulando durante las tres últimas temporadas en las que no se alzó título alguno, todo un desaguisado para un equipo como el Barça, siempre en la élite de la ACB hasta que pasó de la cúspide a las catacumbas tras el adiós del técnico Jasikevicius en 2023. Llegó Roger Grimau como relevo en el banquillo y, aunque acabó el curso, tampoco se dio festejo alguno. Sin mando en la plantilla y de nuevo con un baloncesto raquítico, el club se entregó a Joan Peñarroya, que repitió fiasco pero aguantó en el cargo al inicio de la temporada anterior. Duró poco, ya con el Barcelona sin identidad ni juego, por lo que Xavi Pascual aterrizó como salvavidas. Y aunque se revigorizó el equipo, no se dio con la tecla y se finiquitó el año con otro cero tras el resbalón en la final de la ACB frente al Valencia, suficiente para que el entrenador se decidiera a buscar otra casa (Dubai). Por entonces, salió a la palestra el exjugador azulgrana Jordi Trías, nueva pieza del área deportiva, en vez del mánager de la sección, un Juan Carlos Navarro que había perdido la confianza de la cúpula por sus reiterativas elecciones fallidas en la composición del equipo, por más que se viera cercado por el Fair Play financiero y el límite salarial impuesto por LaLiga. “No haremos una renovación absoluta, pero habrá cambios”, sentenció Trías. Pero del dicho al hecho hay un trecho y este Barça es otro, completamente remozado desde los despachos al parquet, proyecto que ha rejuvenecido en tres años al plantel y que es una auténtica incógnita.

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