El pabellón de Colonia empezó como una caldera, dejándole claro al Barcelona que ante el Kiel jugaba en territorio rival, y acabó con un lejano soniquete de ruidos y bocinas en la esquina de los aficionados alemanes. El Barça más firme y sólido sometió este sábado con gran autoridad a un oponente que se quedó muy corto tras el descanso, incapaz de soportar el ritmo de producción azulgrana y de un Aleix Gómez en modo ventilador (12 goles en 13 lanzamientos). En la otra orilla, sin los lesionados Sagosen y Pekeler (entre ambos sumaban un cuarto de los tantos de su equipo en Champions) y una portería transparente (Niklas Landin terminó con apenas seis paradas y un pobre 17% de acierto), el muro se fue agrietando al tiempo que los muchachos de Carlos Ortega iban encontrando las soluciones precisas. A pie de pista, en el palco culé, un bronceado Joan Laporta, con Iñaki Urdangarin justo detrás de él, se relamía por la victoria y echaba cuentas para la undécima Copa de Europa de los suyos.

