Un catastrófico arbitraje de Alejandro Quintero estropeó el partido de San Mamés entre el Athletic y el Mallorca en el que los bilbaínos volvieron a ganar después de varias jornadas de sequía. Un penaltito para abrir boca, el reparto indiscriminado de tarjetas, incluso para cortar una entrada peligrosa de los bilbaínos al área del Mallorca porque Muriqi protestaba desde el suelo; la doble amarilla en tres segundos a Antonio Sánchez, desquiciado por el trencilla, y como colofón, un final embarrado cuando Leo Román subió a rematar la última jugada, cazó sin balón a Maroan que se marchaba hacia la portería vacía, y pitó la falta posterior de Nico Williams, tarjeta incluida, sin darle tiempo a disfrutar la ley de la ventaja. Despropósito total al que, por fortuna, no se unieron los futbolistas, más cabales en su hacer que el juez.

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