Como ocurre con las grandes catástrofes naturales, la contemplación de un figurón sentado en el banquillo tiene algo de hipnótico, algo que te impide apartar la mirada y empatizar con el sufrimiento del héroe caído en desgracia. El fútbol tiene la capacidad de ser cruel y hermoso al mismo tiempo, tan intrincada su vis trágica, cómica y estética que uno termina por no saber dónde comienza el disfrute legítimo y dónde termina el sadismo, ese que se alimenta del tormento ajeno para provocarnos algo parecido al orgasmo.

