Ver un partido de fútbol cuando los resultados no dependen de los presupuestos, es decir, de la capacidad para fichar a los mejores, es, sobre todo, un ejercicio de fe. El forofo de un equipo pequeño elige creer: que puede ganar al que es más grande; que uno de sus delanteros puede tumbar al portero que gana chiquinientas veces más y su guardameta evitar el gol de un balón de oro. La pelota no tiene dueño hasta que empieza a rodar y los más humildes se saben el Padre nuestro igual de bien que el Papa. Después de todo, David contra Goliat es un relato bíblico. El mundo, además, sería mucho más aburrido si no hubiera gente dispuesta a apostar contra Goliat y el fútbol menos bonito y emocionante si David no ganara algunas jornadas.

