Hace un año y unos días, Egan Bernal, que el 13 de enero cumplió 27 estuvo a milímetros de que su médula espinal se quebrara, de quedar parapléjico, tras chocar con su bici a 70 por horas contra un autobús. Después de un proceso que muchos han querido ver como milagroso, el ganador del Tour de 2019 ha vuelto al pelotón, a competir, a pensar como ciclista. El que fue el niño maravilla de Zipaquirá está tan concentrado en su ser, en su vida, que no quiere hablar de otra cosa, ni de sus polémicas políticas con el presidente Gustavo Petro ni de Nairo Quintana, ni del ciclismo colombiano. Se ve como si el proceso vital le haya hecho descubrirse una nueva persona. Está en camino de conocerse, búsqueda interior, ajena al mundo. El macho alfa es ahora un monje zen, y su cuerpo, que encuentra cambiado, más delgado que nunca, con nariz nueva, y cuánto cambia su rostro. En la Vuelta a San Juan ha iniciado su año I de ciclista profesional de nuevo, y el Tour ya le llama desde el futuro. “Más que un ciclista que quiere demostrar que es el mejor, soy una persona que intenta hacerlo lo mejor posible y si no soy el mejor, no pasa nada”, dice el nuevo Egan.

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