Una extraña monotonía musical impregna el aire del Duna Arena de Budapest. En la gran piscina de la capital de Viktor Orbán solo se escucha el himno estadounidense, Estandarte Estrellado, en una secuencia apenas rota por incursiones inesperadas o accidentales, como la del italiano Nicolo Martinenghi, que conquistó el 100 metros braza porque Adam Peatty se rompió el dedo de un pie. Lo más impredecible de la segunda sesión del Mundial de Natación fue la marcha victoriosa del rumano David Popovici, que sorprendió en Tokio con un cuarto puesto y ahora no sorprendió a nadie estableciendo un récord júnior que parece empujarle inexorablemente hacia la plusmarca que estableció Paul Biedermann en una remota tarde romana de 2009, embutido cual salchichón en un mono de goma que le sirvió de flotador y de estabilizador el día que nadó los 200 metros libre en 1m 42,00s Popovici, con solo 17 años, se clasificó primero para la final con 1m 44,40s.

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