Pensé con indefinible nostalgia en el aficionado del Espanyol viendo a Joan García haciendo una de las mejores paradas que vieron nunca nuestros ojos (la mano imposible al cabezazo de Pere Milla) en su antiguo campo, frente a su antiguo equipo y ante su antigua afición, que lo amaba y ahora lo odia. Pensé también en el amor, claro: en tu ex luciendo una belleza desmesurada entrando en vuestro restaurante de siempre del brazo de alguien que no eres tú. El dolor de tener algo y perderlo no es superior a un dolor aún más profundo: el de tener algo y no saber conservarlo.

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