Así de caprichoso es el destino. A falta del último brochazo de la temporada, esta semana en la fase final de la Copa Davis, Málaga, el epílogo señala al mismo protagonista que en prólogo: Novak Djokovic. Las dos caras de Nole. Uno, el deportista peleado con el mundo, tan ensimismado consigo mismo que pierde de vista al colectivo y genera un circo resuelto a golpe de detención, expulsado en enero de Australia por lo que tantas veces se ha contado y por aquello que volvió a ponerle en el disparadero; otro, el campeón superlativo que a pesar de todo suma y sigue sin cesar, coronado en Turín al vencer a Casper Ruud (7-5 y 6-3, en 1h 32m) y situado ya en lo más alto de la pirámide maestra, con seis títulos; es decir, los mismos que defendía desde 2011 el suizo Roger Federer, recordman del torneo. Así es el serbio, en busca siempre del equilibrio existencial, pero sin términos medios. Tan holístico, tan filosófico, tan contradictorio. Tan bueno. Tan Djokovic.

