Novak Djokovic boquea como el pez recién pescado. El serbio se aproxima al toallero, infla los pulmones como puede y expulsa el aire con profusión, desprendiendo una sensación no demasiado lejana al ahogo. Nole sufre, Nole se detiene, Nole se agacha. Hace cosas raras; volea una bola que caía en mitad del pasillo, falla otras dos clarísimas en la red y bombea en el resto sin demasiado sentido cuando tiene la oportunidad de romper y sellar prácticamente el segundo set. Le falta oxígeno, le duele el cuádriceps y estrella varios raquetazos contra la musculatura, maldiciendo, lamentando y remando a contracorriente, contra las cuerdas en algunos momentos. El viento le hace tragar polvo, se le entumece la pierna, estira. El malagueño Alejandro Davidovich le tutea. Es él contra los elementos. Es él saliendo de otra más, la enésima: Djokovic ya está ahí, en los octavos de París: 7-6(4), 7-6(5) y 6-2, tras 3h 36m.

