“Llegaba a los entrenamientos sin decir una palabra”, recuerda Thomas Tuchel. “Se cruzaba conmigo y no me daba ni los buenos días. Era como si nunca hubiera aprendido a socializar. Pero se ponía a jugar y tenía todo. Regate, imaginación, velocidad, visión, pase, gol… ¡Ahí había un Balón de Oro!”.

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